EmpresasInversiónTecnologíaX

De una peluquería en La Teja a más de 1.000 socios: la historia de El Club del Inversor

Lo que comenzó con 16 personas reunidas en una peluquería de La Teja se convirtió en una comunidad de más de 1.000 socios vinculada a inversiones y negocios.

Hace unos ocho años, Nicolás Rodríguez tenía una inquietud bastante concreta: qué hacer con algunos miles de dólares cuando las opciones de inversión parecían reservadas para quienes manejaban grandes sumas de dinero. Ingeniero en Informática, comenzó a buscar respuestas y descubrió que el problema no era solamente suyo.

“Si uno tiene mil dólares, dos, tres, cuatro mil dólares, ¿qué puedo hacer con ese dinero?”, se preguntaba. En aquel momento, según recordó en una entrevista con Gonzalo Sobral en Conexión Empresarial, los corredores de bolsa podían exigir operaciones de montos que dejaban afuera al pequeño inversor.

La respuesta terminó siendo inesperada. Rodríguez y un socio crearon un grupo en Meetup para reunir a personas interesadas en aprender sobre inversiones. La primera reunión tuvo lugar en una peluquería de La Teja y participaron apenas 16 personas.

¿Por qué una peluquería? Porque uno de los integrantes del grupo ofreció su local, que quedaba libre después de cerrar, para que pudieran reunirse. Allí comenzó una dinámica que terminó creciendo mucho más de lo que sus fundadores imaginaban.

En el siguiente encuentro fueron 40 personas. Después 50, 60, 80 y 100. Las reuniones pasaron de una peluquería a espacios más grandes y comenzaron a incorporar a corredores de bolsa, bancos y empresas para que explicaran sus propuestas.

El día que una tormenta cambió el negocio

Durante un tiempo, Rodríguez y su socio pagaban de su bolsillo los costos de las reuniones. Después comenzaron a cobrar una pequeña entrada para cubrir el café, los bizcochos y otros gastos. Pero hubo un episodio que aceleró la transformación del grupo en una empresa.

Una compañía había sido invitada a auspiciar una reunión y preparó todo para recibir a unas 100 personas. Compró café, cuadernos, lapiceras y otros materiales. Pero ese día se desató uno de los fuertes temporales que afectaron a Uruguay y prácticamente nadie concurrió.

“Quedamos pegados. Le dijimos a la empresa que iba a venir un montón de gente y no vino nadie”, recordó Rodríguez.

La experiencia llevó a los organizadores a cambiar el sistema. En lugar de cobrar una entrada por encuentro, crearon una membresía mensual. Así nació el modelo que terminó consolidando a El Club del Inversor como empresa.

Hasta ese momento, sin embargo, no existía una compañía formal. Las cuotas se cobraban mediante PayPal y el dinero comenzó a acumularse. Hasta que llegó un correo del Banco Central preguntando por el ingreso de fondos desde el exterior y solicitando explicaciones sobre su origen.

“Tuvi­mos que armar una sociedad de hecho a toda velocidad en cuatro días”, contó Rodríguez. A partir de entonces comenzó formalmente El Club del Inversor.

“La pandemia fue lo mejor que nos pasó”

El crecimiento tuvo otro punto de inflexión en marzo de 2020. El Club había terminado 2019 con 191 socios y, pocos días después, llegó la pandemia.

Lo paradójico es que un proyecto basado en encuentros presenciales encontró en el confinamiento una oportunidad extraordinaria. “Fue lo mejor que nos pasó a nosotros la pandemia”, admitió Rodríguez.

La explicación estuvo en el cambio de hábitos. Con miles de personas encerradas en sus casas, apareció más tiempo disponible para pensar en dinero, negocios e inversiones. Las reuniones pasaron al formato online y la comunidad comenzó a crecer con mucha mayor velocidad.

El Club terminó 2020 con unos 400 socios y continuó aumentando su cantidad de integrantes en los años siguientes. A la comunidad se sumaron contenidos grabados, grupos de Telegram y Facebook, encuentros presenciales y espacios específicos para quienes invertían en bolsa, inmuebles, criptomonedas u otros negocios.

Pero la comunidad terminó convirtiéndose en algo más que un lugar para hablar de inversiones. Según Rodríguez, dentro del Club se formaron empresas, sociedades, amistades e incluso parejas.

“En las encuestas que hacemos, cuando preguntamos qué es lo mejor del Club, nadie habla de las inversiones. Todo el mundo te dice la comunidad”, aseguró.

El inversor que no aparece en los cursos

La evolución del proyecto también llevó a Rodríguez a cuestionar qué se entiende tradicionalmente por inversión en Uruguay.

Al buscar formación académica en inversiones, encontró cursos centrados en bonos, letras, riesgo y productos financieros, pero prácticamente nada relacionado con comprar una llave de un negocio, poner dinero en una pequeña empresa o financiar un emprendimiento.

“¿Qué pasa con ese inversor que quiere buscar otros rubros?”, se preguntó.

Esa pregunta llevó al Club a acercarse cada vez más al mundo de las pequeñas y medianas empresas. El objetivo pasó a ser conectar a personas que tienen capital con emprendimientos que necesitan inversión para crecer, y también capacitar a los propios empresarios.

Rodríguez sostiene que allí existe una oportunidad enorme. “¿Quién te habla de invertir en el carrito de churros? Nadie”, planteó. Su apuesta es precisamente ir hacia ese espacio que, a su juicio, quedó relegado frente a la popularización de las inversiones bursátiles y las criptomonedas.

Hoy El Club del Inversor supera los 1.000 socios en Uruguay, de los cuales alrededor de 300 están en el interior. Maldonado es uno de los puntos donde la comunidad adquirió mayor fuerza, con unos 80 integrantes que se reúnen periódicamente.

El modelo que comenzó en aquella peluquería de La Teja también se está intentando replicar en otras ciudades. La idea es que los socios del interior no tengan que trasladarse a Montevideo para aprovechar la comunidad, sino que puedan generar sus propios encuentros locales.

Del Club de Inversores a una comunidad de negocios

Para Rodríguez, el próximo desafío no consiste simplemente en sumar socios. La apuesta pasa por fortalecer la comunidad y acercarla todavía más al universo de las pymes.

El Club obtuvo recientemente un fondo de INEFOP cercano a los 100.000 dólares para desarrollar un proyecto de capacitación dirigido a pequeñas y medianas empresas, con foco en aspectos financieros y digitales.

También trabajan en un nuevo modelo de formación. Rodríguez reconoce que los nuevos integrantes pueden sentirse perdidos al llegar a una comunidad donde otros socios llevan años hablando de inversiones. Por eso proyectan una formación que permita adquirir conocimientos básicos antes de incorporarse plenamente a la comunidad.

El Club podría, de esa manera, evolucionar hacia un modelo en el que un curso de formación sea la puerta de entrada a una comunidad de negocios.

Rodríguez resume su objetivo de largo plazo en una idea que va más allá de las inversiones: “Si mañana me muero, quiero que este proyecto haya dejado una huella”. Y esa huella, asegura, debería estar vinculada a conectar el capital con las pymes uruguayas y ayudar a que más personas entiendan que invertir no necesariamente significa comprar acciones, bonos o un apartamento.


+ Entradas de programa: Empresa Viva
WhatsApp