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La arepa como símbolo de una Venezuela que se reactiva

Viajes, arepas y memoria: Marcela Baruch recorre Venezuela desde la gastronomía, la esperanza social y los sabores que vuelven a reunir identidad, historia y futuro.

En su columna Cocinas del mundo en el programa En la Punta de la Lengua, la periodista gastronómica Marcela Baruch compartió el regreso a Venezuela tras tres años de ausencia y una mirada profunda sobre el país a partir de su cocina, su gente y sus transformaciones recientes.

Recién llegada a Uruguay desde el Caribe, Baruch describió un viaje que combinó playas como Los Roques, recorridas urbanas por Caracas y encuentros con cocineros locales. Más allá del contexto político, puso el foco en un cambio de ánimo palpable: más consumo interno, restaurantes llenos, venezolanos que regresan o invierten nuevamente en su país y una vida social que se reactiva.

Desde la gastronomía, destacó a la arepa como emblema cultural y alimento transversal a todas las clases sociales. Explicó su origen ancestral, compartido con otros pueblos de América, y cómo hoy se convirtió —junto al ceviche— en uno de los productos latinoamericanos más globalizados, impulsado por la diáspora venezolana. Las areperas abiertas las 24 horas, los rellenos abundantes y el ritual cotidiano de comer maíz hablan de identidad viva, no de museo.

Baruch recomendó libros fundamentales para comprender la cocina venezolana desde el pensamiento y la historia, como Leer para comer, de Miro Popic, y proyectos editoriales que unen recetas, ilustración y memoria cultural. También subrayó la importancia de periodistas y cocineros que decidieron quedarse en Venezuela y trabajar desde el arraigo, entendiendo la cocina como una forma de resistencia silenciosa y contemporánea.

En ese recorrido, vinculó la experiencia venezolana con debates regionales: qué platos siguen vivos, cuáles quedaron en el pasado y cómo el patrimonio solo existe si evoluciona. Así como la arepa se resignifica sin perder su raíz, Uruguay también enfrenta el desafío de repensar su identidad gastronómica desde lo que hoy está presente en la mesa.

La columna cerró con recomendaciones de cine y una reflexión potente: hablar de los países desde su riqueza cultural, sin negar el dolor, pero apostando a la gastronomía como embajadora, puente y lenguaje común. Porque, como sostuvo Baruch, cocinar y comer también es una forma de volver a enamorarse de un lugar.


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