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Pueblo Social Club y el valor del pan artesanal en tiempos de consumo consciente

En una charla distendida y cercana en el programa Como Pez en el Agua, Santiago Plá compartió el recorrido personal y profesional que lo llevó a crear Pueblo Social Club, una micropanadería artesanal nacida en Maldonado y construida desde una lógica de trabajo consciente, por encargo y con fuerte identidad emprendedora.

Con apenas 31 años, pero con más de una década de experiencia en gastronomía, Plá se presentó como alguien que encontró tempranamente su vocación. “Ya es vocación y amo lo que hago”, afirmó, al repasar un camino que comenzó en Las Cumbres, donde ingresó como jardinero y luego pasó a la cocina, y que continuó en espacios reconocidos como La Huella, Piniqueria y una experiencia laboral en Francia. Esa trayectoria, lejos de anclarlo a estructuras tradicionales, terminó impulsándolo a crear su propio proyecto.

“Siempre fui emprendedor en ese sentido. Me encanta emprender”, dijo, al recordar experiencias previas como una pizzería junto a su hermano y otros proyectos desarrollados en San Carlos. Pueblo Social Club aparece así no como un salto al vacío, sino como la síntesis de un recorrido sostenido, marcado por la búsqueda de autonomía, creatividad y coherencia con el oficio.

El modelo de trabajo del emprendimiento es claro: producción exclusivamente por pedidos. Según explicó, esta modalidad permite “respetar los tiempos del producto”, reducir desperdicios y mantener un control real sobre la calidad. La panadería se enfoca hoy en panes de campo, masas madres y productos laminados, sin perder el vínculo con la cocina como territorio más amplio de exploración.

Uno de los momentos centrales de la entrevista fue el balance de su primera participación en un festival gastronómico. Plá destacó especialmente el clima humano del evento: “Me llevo la calidez de la gente, la atención de ustedes y la predisposición de todos los ayudantes”. Reconoció que ingresar al circuito de ferias no es sencillo, pero subrayó que la experiencia fue tranquila y muy positiva.

En términos de ventas, el resultado superó las expectativas. Panes de campo —incluido el 100 % centeno—, ciabattas, variedades con semillas, laminados y croissants se agotaron por completo. “Se vendió todo y lo último terminamos regalándole a la gente”, contó, describiendo también el espíritu colaborativo que se generó entre los distintos puestos al cierre del evento.

La conversación también dejó lugar para una reflexión más amplia sobre el consumo. Plá percibe un cambio claro en el público: “La gente viene entendiendo más lo que es, por ejemplo, la masa madre”. Para él, tanto su proyecto como este tipo de festivales cumplen un rol educativo, ayudando a valorar el pan artesanal y otros productos frente a las opciones industriales.

De cara al futuro, la intención es continuar con el sistema de pedidos por encargo, profundizar la misión de difusión del producto artesanal y volver a participar del festival el próximo año, ya con el aprendizaje de esta primera experiencia. Un camino exigente, admite, pero profundamente satisfactorio para alguien que eligió hacer del oficio y del emprendimiento una misma cosa.


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